Hubo una vez un arquero joven, fuerte. Lograba unos tiros excelentes y lograba unos estados muy altos de conciencia en sus meditaciones. El era un indio bello con una melena larga, en el oeste de América.
Llegó un punto que al comenzar a tener experiencias superiores mientras tiraba el tiro con arco. Había un punto, mientras el arco estaba en el aire, que se le abría una compuerta a otro plano, a otro mundo lo llamaba él. El decía que era el avistamiento. En ese momento en que uno tira el arco y antes de que logre su objetivo, se abría un plano multidimensional donde el arquero, si no es lo suficientemente fuerte o consciente queda expuesto a otros submundos, aunque también puede recibir mucha bendición de planos superiores.
Pero hay algo que este guerrero indio sabía muy bien, existe una sombra sutil que acecha a cada persona vida tras vida, el lo llamó el acechador. El sabía que estaba allí y la sombra vio la oportunidad de acercarse, el arquero, el joven guerrero indio estaba preparado, y ese es el momento de acechar más cerca. Esa es la norma de los acechadores, ellos se quedan vigilantes, y cuando el hombre o la mujer alcanzan un nivel elevado, entonces acechan para liberar una gran cantidad de energía y luz que se “zamparán” en un momento. Todo guerrero indio se prepara muy duramente para esta prueba que tiene lugar una vez cada 1000 vidas, y esa prueba puede ser la definitiva, que es cuando cada uno vence su propia sombra interna. Se trata de la última prueba, y ojala esta sombra no quisiese acorralarle en aquella vida, no, en aquella aun no se sentía preparado el joven guerrero, aunque se preparaba arduamente, no se sentía del todo preparado.
Miraba en ese espacio la sombra, le vio a los ojos varias veces y rápidamente se apartó, aterrorizado. Sabiendo que aquello le podía destrozar en un momento. Y no hablo de una vida, sino de varias vidas posteriores, comiéndose toda su energía de luz y creándole consecuencias kármicas durante más años.
Entonces el joven guerrero, aterrorizado, después de muchas duras pruebas, habló con los ancianos indios y les contó lo que le estaba ocurriendo. El sabía que no estaba preparado para esta batalla pero los ancianos le dijeron lo contrario:
- Ve, tu ve, eres joven, fuerte, es el momento. Si no esta vida, te perseguirá la siguiente y la siguiente.
El no comprendía, les decía, yo no puedo ancianos maestros, no es el momento. Y ellos le dijeron que si y le dieron su bendición. Ya no podía echarse atrás, era el momento de continuar en esta batalla. Se preparó un cuchillo muy largo, y aunque no lo podría usar físicamente, si lo usaría con el corazón. Se despidió de su mujer por si acaso no podría regresar sano y se entrenó ese día tirando varias veces el tiro con arco muy rápido, muy seco.
Al final masticó una hierba verde, una masilla que le permitía tener la mente abierta a lo nuevo, a lo vacío, y entonces se asomó una vez más por esa ventana desde la que veía la gran sombra que acechaba su alma. Era desagradable, grande, como un gigante gusano, le faltaba un trozo de rabo de una vida vieja donde parecía que el joven indio, reencarnado en la nueva Atlántida de Grecia, logro batallar correctamente. Posteriormente le miró a los ojos y se confió. La sombra era tuerta, no debía ser tan complicado apresarla o atemorizarla, no veía bien. Así que lanzó una flecha como un misil nada más ver ese punto débil de la sombra.
La flecha le dio a la sombra, ella se apartó pero antes de caer hacia atrás tuvo tiempo de recoger un trozo de oreja del arquero. El joven arquero estaba sangrando y desde otro plano, una sombra enorme le arrancaba un trozo de su oreja derecha. Fue un tiro con arco duro, le raspo tanto la oreja que le arrancó la carne y parte del músculo.
Regresó corriendo donde los sabios maestros, de la emoción de haber matado a su acechador no tenía ni si quiera dolor.
Uno de los ancianos maestros, desde el plano astral, cerró el plano oscuro que se había abierto a las espaldas del guerrero cuando este salió corriendo confiado.
Una vez dentro del tipi se sentó ante los ancianos quienes sonreían y le dieron un paño. Le pasaron incienso de ramas por el cuerpo y le sellaron grietas que tenía por todo el cuerpo. Otro anciano cantaba una canción purificadora del alma. Al final dijo uno:
- Has perdido un trozo de ti, pero no has logrado más que dar a tu enemigo. No le venciste aun.
El indio se asustó, eso podría enfadar a aquella bestia.
- No has de preocuparte, obraste lo mejor que pudiste, en esta vida ya no te molestará más, te siente demasiado fuerte y decidido y quiere esperar un poco, pero estará allí la siguiente, y la siguiente, esperando el momento de vencer. Recuerda que según tú aprendes, ella aprende de ti, no debes igualarte una vida y otra, sino ser creativo, cambiar, aprender de la inocencia y frescura en cada acto.
El joven indio ya no tenía tanto miedo porque pensaba que tendría mucho tiempo para batallar con la sombra.
- Un día, mucho adelante, tú serás una mujer mayor. Una mujer con la piel blanca.
El indio no había visto jamás una mujer que tuviese la piel blanca, pensó que sería una mujer enferma o poco aceptada por las demás personas.
- Entonces tú tendrás el valor para acechar al acechador. ¿Entiendes? ¿Entiendes lo que digo?
No vendrá la sombra, no esperarás a que venga, tú serás más fuerte y ágil y la vencerás. La energía que salga de esa batalla, ayudará a que otras personas de tu alrededor puedan también vencer su propia sombra de la mente. Eres valiente chaman.
Seguían cantando y echándole hiervas. Algo ocurrió que el joven indio se durmió en la tienda profundamente y soñó guerras, soñó una vida de monja y castidad, soñó castigos y miedo. Soñó un continente donde las casas subían hacia el cielo y las personas eran recipientes vacios. Donde los acechadores no tenían trabajo que hacer y se habían ablandado, se habían acostumbrado a estar cómodos. Las personas estaban vacías! Completamente. Y el soñó que sobrevolaba ese lugar en un ave muy pequeña. Tan pequeña que no era captada por aquellas sombras que vivían con las personas vacías de amor.
Y vio lo que ocurrió y comprendió que allí estaría él, y allí lucharía contra su sombra. Comprendió como sería aquella batalla y que vencería. Sabía cómo lo haría.
Entonces abrió los ojos, estaba muy cansado, como si su cuerpo hubiese sido duramente tratado, ante él había un fuego y detrás del fuego, frente suyo, uno de los ancianos seguía cantando mientras se le sentía triste.
Él lo sabía, el había visto aquel mundo. Era el mundo del mañana.
Se levantó y salió corriendo con su mujer y sus hijos a descansar.
Luego entregó sus armas a los ancianos porque decidió que quería dejar la lucha, aunque más tarde el regresó, y como en todas sus vidas siguientes, batalló sin detenerse ni por el miedo ni por nada.
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