Mensajes Espirituales

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Nota: El contenido de este artículo es una muestra del libro Viajando con el Yo Superior

Yo Soy

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Estoy en el espacio de tu alma. Lo veo todo blanco. No hay espacio construido en esta estancia. Siento que estás en un estado de quietud y crecimiento. Se ve que tienes conexiones en tu alma con otros seres, se percibe algo de comunicación, pero esporádica, ahora mismo estás en recogimiento interior. 

Me ve tu alma, me sonríe, lleva puesta una túnica blanca, en meditación. Y lleva un colgante en el cuello que brilla mucho, parece un cuarzo o algo así. Me enseñas que fue un regalo de una réplica de alguien, en otro lado del mundo, en la actualidad, alguien que conoce tu alma, creo que es una niña. Me dice que estás en conexión con otras personas, interiormente. Que trabajas mucho en las noches para ser consciente de esos momentos, pero que aun te queda mucho por trabajar, dices que te queda mucho por dejar atrás, que te atrasan cosas que arrastras y no deberías arrastrar. 

Me das la mano.

Estás sentado como en meditación y extiendes tus manos, y pones mi mano entre las tuyas es un saludo, parece un saludo que hacías en vidas muy antiguas. En ese saludo me haces ver que me sostienes, con la mano izquierda, y me cobijas con la mano derecha. Al tocar la palma con la palma de la mano, me muestras que nuestros corazones están unidos, que somos uno. 

Sonríes mientras me das así la mano porque sabes que te gustara aprender a dar la mano como antiguamente la dabas. Rememoras heridas no tan viejas, me haces sentir que aquello que te duele no es muy viejo, pero tú lo arrastras como si así lo fuese. 

Ahora te llevas la mano al pecho. Tus manos se me muestran muy delgadas. Sonríes todo el tiempo y todo es muy, muy blanco, me pides silencio. Me dices:

– Este cielo, es el mismo cielo que hace miles de años, es el mismo cielo, las mismas estrellas, las mismas ilusiones, todo es lo mismo, y yo sigo sentado en el mismo sitio, sigo siendo el mismo. No ha cambiado nada. 

Creí, antes creí que era un ser despierto, igual que ahora lo siento que lo soy, y no me veo a mí, que aún no desperté, que continuo dormido. ¿Ves esas estrellas? Esas estrellas me miran hace años, con mis propios ojos, son yo. 

Miras las estrellas y sonríes como si en ellas hubiese un gran secreto de tu existencia.

Me sonríes porque entiendes que yo, Altaïr (no mi alma), no lo entenderé nunca. Me dices:

– Estuve en Lemuria hace mucho tiempo, te conocía, en mis vidas antiguas. Llevo dentro sabiduría antigua, sabiduría muy antigua, pero en mí mantengo también dolor de entonces, y dolor que no es muy malo, pero sé que me molesta para crecer. La mente no sabe nada - esto me lo dices con un gesto un poco cómico, señalas a la cabeza y haces un gesto de que ella no sabe.

Me llevas a otro sitio. Vamos caminando. Todo es blanco. No hay nada más que blanco. Hay agua, la coges en las manos. Me la das de beber, es agua de una fuente, no sé donde estaba la fuente sólo veía blanco. El agua está muy rica, muy fresca, Te lo digo y me dices: 

– Gracias. El agua es nuestra esencia también. Vamos.

Me llevas caminando. Ahora estás sentado y hace sol, te da el sol, estás tumbado más bien. Recostado. Me dices: 

– El sol también es yo, es nosotros.

Me muestras que la luz aviva la propia luz de las células, pero es un sol diferente que el que tenemos, es el mismo, pero este no daña, ni molesta, es cálido muy agradable. Me dices:

– El sol también es tú y soy yo. Te voy a mostrar algo más.

Me llevas a un sitio, veo a gente. Están haciendo algo, están luchando, y hay una mujer que tiene hambre, y hay mucho movimiento, es un sitio con una gran guerra. La mujer tiene un niño pequeño y los dos tienen hambre. Me dices: 

– Ellos también soy yo. Igual que el sol, el agua, el amor soy yo, yo también fui la guerra, la desesperación y el dolor. Por eso sufrió, amada Altaïr, porque yo también soy dolor. Me culpo por ese dolor. Perdóname a mí mismo y se me pasará todo dolor. Perdonarme a mí mismo y se me curará. Deseo despertar, conocer, sentir, saber quien soy…. Pero sobretodo deseo dejar la culpa atrás. Me siento parte de esa lucha interna del hombre pues he vivido tanto en la Tierra que conozco todas las guerras, todas las luchas y todo el egoísmo, y ahora me culpo por ser parte de él.

Me quiere mostrar algo más. Caminas descalzo y tus pies son suaves, como si siempre hubiesen pisado una alfombra blanda. Son blancos. 

Ahora está escribiendo algo, con un bolígrafo, tienes ya varias hojas escritas y las repasas, estás muy sumido en esa escritura. Estás muy dentro de eso. Me dices:

– Ese soy yo, trabajando, expresando quien soy, explorándome a mí mismo en lo que expreso y sale de mi interior, ese soy yo también, y me siento orgulloso de mi divinidad.

Ahora estás acostado y rememoras tiempos felices pasados.

Y veo una gran calma, todo se pasa; la angustia, me hacen saber que crece cuando crees en ella, que proviene de esa culpa inicial que la has volcado en un accidente en tu vida anterior. Y te sientes culpable no sólo por el accidente de la vida anterior, que sería lo normal, sino por la culpa que revives de ser todo lo malo que puede ocasionar un accidente, una muerte, el dolor… por ser parte de eso también.

Te sientes con una gran culpa. No me muestran el accidente ni la vida anterior, no tengo acceso a eso. Pregunto si se te pasara pronto. Me dice tu alma:

– A mí ya se me pasó, hace mucho -y sonríe-. La culpa, sólo la tiene el ego - me dice.

Me vuelves a saludar como antes y me haces ver que eso era un saludo y una despedida a la vez. Es muy hermoso. 

Debías de ser un maestro o algo así antiguamente, siento en tu alma una gran presencia como de un maestro. Todo es blanco, blanco. Te despides y salgo.

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Altaïr García

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