Estás frente a mí. Te sientas a mi lado y dices que me abroche el cinturón. Entonces me doy cuenta que estamos sentadas en una especie de vehículo de un parque de atracciones, de esos que recorren lugares.
Entonces se pone en marcha, oigo el ruido. Te recuerdo que no puedo viajar muy lejos porque tengo que escribirlo todo, y dice que ella ya lo sabe. Se ríe de mi ingenuidad.
Empezamos en una montaña rusa descendiendo hacia abajo. Da un poco de vértigo y va cada vez más rápido. Me asegura que no tenga miedo, que no me voy a hacer daño. Y le digo que ya lo sé pero asusta igualmente. Y te ríes pero te ríes de una forma preciosa. Entonces entiendo la metáfora pues en la vida tampoco nos vamos a hacer daño pero asusta igualmente cuando ves la caída venir.
Bajamos en picado un rato y cuando llegamos abajo siento un gran alivio. Estamos unos instantes, y enseguida empezamos a subir ¡pero ahora en vertical!
Da mucho miedo y según subimos me sujeto toda yo pensando que me voy a caer. Tu alma está muy pendiente del camino, de la subida, parece ajena a todo lo demás. Yo en cambio estoy más pendiente del suelo, pensando que me voy a caer hacia abajo, que nos vamos a caer, que se va a escacharrar todo, tengo bastante susto. Tu alma está pendiente de ver hasta dónde llegamos.
Entonces me mira y me dice “ahora verás”. Y según dice eso llegamos a lo que sería la cima.
De pronto todo es oscuro. Pensaba que habría más luz arriba, pero al contrario, el cacharro que nos lleva se ha puesto en horizontal otra vez y estamos dentro de un túnel. Pregunto a tu alma pues empiezo a asustarme y me dice:
-Sí, ya verás, es como esos túneles que hay en la vida que lo ves todo negro y crees que no hay final, pero que tarde o temprano empiezas a ver luz por todos lados y te das cuenta que los túneles no son para siempre.
-¿Y por qué han puesto un túnel justo detrás de una subida tan empinada?
-Si no, dejaríamos de estar atentos. No estaríamos pendientes del camino y nos dormiríamos. Y eso no debe de ser.
No lo entiendo muy bien pero señalo adelante pues ya veo la salida.
Al final del túnel hay como una forma de cueva, como si saliésemos de una cueva. Siento que hemos estado en el túnel toda la vida, como si hubiese olvidado todo, y tu alma me hace que lo escriba pues es algo muy importante: siempre que salimos del túnel olvidamos las subidas y bajadas anteriores, la emoción, y olvidamos incluso hacia dónde vamos o donde estamos, sólo pensamos que llevamos una eternidad en un túnel.
Entonces veo que fuera de la cueva hay estatuas y según nos acercamos toman vida. Te pregunto que por qué toman vida las estatuas y me dices que así son realmente las situaciones, no existen hasta que no hay vida allí al lado. Veo que se mueve un hombre que parece un indio. Es un indio de América del norte. Tu alma le mira como encandilada de esa hermosa vida, una vida plena, se siente bello, sano, fuerte, ¡consciente! Tu alma valora esa vida como muy importante. Fuiste un sioux, eso me dices.
Seguimos adelante y entonces hay un pequeño túnel y pregunto que por qué otro túnel, y según entramos siento amargura, miedo, terror. Tu alma me tranquiliza y me recuerda que es una visión. Me dice que me está haciendo emocionarme para que te transcriba estas emociones, pues es eso exactamente lo que se siente cuando vuelves a entrar en un túnel. Me señala que este túnel es mucho más corto que el anterior.
-En la vida, siempre hay túneles -me dice-. Siempre hay uno, luego otro, luego otro. Los túneles tienen un objetivo y es lidiar con nuestro interior, profundizar en nuestra parte oculta y sanar los valores que tengamos enfermos, ¡sacar las raíces muertas! Eso es pasar por el túnel. Sin embargo nosotros lo hacemos mal, nosotros entramos en el túnel con miedo a la oscuridad y según estamos en el túnel pasamos más miedo aún. Luego, cuando salimos nos alegramos tanto que no queremos volver a pasar por eso, y entonces deberíamos entrar en otro túnel para tener las cosas claras, para darnos cuenta de que todo se solucionó, para encontrarnos con la auténtica luz que guía nuestra vida, nuestro yo interno, y en vez de eso, vemos el otro túnel y ocurre lo que te ha pasado a ti. Siempre, siempre, tras un túnel largo, viene uno cortito, y es un túnel de luz, de resplandor, para encontrar la luz que brilla en el corazón.
En ese momento señalas mi pecho y veo una luz dorada que ilumina justo aquello que necesito ver, a mí misma, a ti, a la barca. Y oigo en la cueva perfectamente los peligros, el agua bajo nosotras incluso. No sabía que había agua pero he escuchado agua.
Entonces salimos de la cueva, se hace la luz. Estamos en un océano enorme, inmenso. Y sé que hay delfines celebrando nuestra llegada, tu llegada. Tu alma ríe y está feliz de estar allí, en esa conexión espiritual. Es un momento muy especial para ti pues esto mismo estás viviendo en tu vida.
Para tu alma es muy importante que lo comprendas, tienes que entender que hay lo que ella me ha enseñado como túneles y que tras uno viene otro, y los túneles no son agujeros negros en la vida sin final, sino al contrario, oportunidades para encontrar la luz en el corazón. Me muestra como fuera de un túnel es muy difícil encontrar la luz del propio corazón pues hay demasiado ruido exterior como para centrarnos en nosotros.
Le expreso que dicho así parece fácil, pero que todos nos asustamos de los túneles.
Tu alma se ríe otra vez, y cuando se ríe siento como cosquillas. Hace que se me olviden todas las dudas.
Me enseña que en medio del océano en el que estamos hay una pequeña isla, muy pequeña. Dice que nos dirigimos hacia ella, y según vamos me recuerda a una pequeña isla de las tiras cómicas donde sólo hay una palmerita y un náufrago, pues no caben más. Tu alma se ríe pues la isla es casi idéntica a ésa, sólo que en ésta vive un mono, sólo vive un mono.
Hay una palmera de cocos y el mono tiene un pez. Intenta matar al pez con un coco pero el pez no se acaba de morir, se le resbala, y tampoco sabe cómo comérselo. Y el coco parece riquísimo pero el mono no sabe abrirlo. Tiene miedo, sed, hambre y se siente muy sólo.
Le digo a tu alma que me da mucha pena el mono, que le quiero ayudar y tu alma me dice que no se puede ayudar al mono porque está en esa isla desierta.
-Nosotras -me dice-, sólo somos una ilusión, un viaje mental, una proyección.
Te pregunto si el mono no es una proyección y me dice:
-Ese en concreto sí, pero hay personas que viven así, y no se puede llegar a todos los hombres, a su escondite, e intentar abrirles el coco y cocinarles el pescado.
-¿Y qué se puede hacer?
Y me dice, observa.
Entonces ella se hace pasar por un mono. Primero hace el mono diciendo “¡oh oh oh ihihihihih, uh!” y salta y todo como un mono y me río muchísimo. Luego se pone al lado del mono. Parecen que los dos son monos, sólo que tu alma tiene forma de personas y el mono de mono. Entonces coge el pescado y le arranca la cabeza. Como si se lo fuese a comer, y empieza a sacar la parte que se come. Y el otro mono empieza a mirarlo y a gritar “¡ohohohohohohohoh!” como que se entera perfectamente de lo que hay que hacer.
Y luego coge el coco, primero lo golpea contra la cabeza, lo mira, se hace muy bien la tonta, me río muchísimo. Al final, mira que te mira, el coco que lo estalla contra una piedra que había justo debajo de la palmera con todas sus fuerzas. Lo tira de golpe. Entonces ella se acerca corriendo como si fuese un mono y ahora, según la veo acercarse al árbol se confunden las dos figuras, ya no veo apenas diferencia entre el mono y tu alma, y el otro mono, el de verdad, entiende cómo tiene que partir el coco para comer y siento un agradecimiento interno muy grande. Siento la gratitud del mono como si eso estuviese ocurriendo realmente. Imagino que estará ocurriendo, pues yo también soy como un mono al fin y al cabo.
Tu alma se levanta, se pone en pie, el mono está feliz, partiendo la comida y sintiendo que hay alguien más cerca en la isla con él, alguien en su corazón. Y sintiendo que ya no le faltará nada porque sabe cómo alimentarse bien.
Según se acerca a mí se sacude las manos y los hombros del polvo de la isla, se sacude bien las piernas incluso. Me dice que es importante sacudirse toda. Entonces me mira y me dice que así lo tengo que hacer yo. No se puede de otra manera.
Y confieso a tu alma que yo también me he sentido sola y sin saber alimentarme bien muchas veces en mi vida, y me dice “¿crees que no lo sé?”. Y estas son las almas que están viniendo a la tierra a enseñar a otros como alimentarse bien y como reír. Y según me dice tu alma, tú eres una de ellas.
Le doy las gracias por lo que me ha enseñado y lo que me ha ayudado. Me coge de las manos y me dice que es así como hay que hacerlo.
Entonces la veo que se aleja y se despide con un gran resplandor de luz.
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