Ángel mío, tu eres un ángel, ¿lo sabias? Creo que has escuchado algo sobre eso. Pues que sepas que eres un ángel y muy amado. Un ángel precioso.
Un cuento muy hermoso sobre ti, verás como te impresiona:
Hubo una vez hace mucho tiempo, hace mucho mucho tiempo un cuento ni más ni menos extenso, ni más ni menos aburrido que otros cuentos, pero que tenia algo de especial, relataba una historia sobre un guerrero indio que hace miles de años y de vidas, viajó hasta un lugar extraño para volver luego a su pueblo a relatar lo que acontecía en tan lejanos parajes. No llegó muy lejos en la realidad pero su mente voló tanto en su recorrido que parecíale que había estado en otros mundos muy muy lejanos.
Allá, tan lejos, se reconoció a si mismo en un espejo al que llamo aguas espirituales, allá , en tan lejano lugar, conoció una muchacha a la que llamó amada y la llevó consigo a todos los lugares tras este reencuentro de su alma, y también allá conoció una planta que llamó salvadora la cual le sano todas las heridas y pudo entregarla a otras personas durante mucho tiempo.
Este guerrero indio se llamo Itgankaro. Su tribu vivía en una altísima montaña lejana en las tierras del norte. Solía soñar con viajar desde niño pero su pueblo no creía que eso fuese algo necesario para la vida y no podía hacerlo. Se solía quedar pensativo mirando las praderas lejanas y solía decirse:
-Allá estaré algún día, volaré pero de verdad sobre aquellos campos y volveré y les diré a todos, les contaré que sí existen otros mundos y que no estamos solos. Veré más personas que como yo son viajeros en la vida. Mi hermano no me creerá en mi regreso pero yo le haré ver que estuve allá y volví porque aunque mi mente está en el eterno viaje irrealizable, mi corazón esta con mi gente, junto a la hoguera.
-Siento que me falta algo, siento que algo tendré que hallar en tan misterioso viaje que me espera, y sé que lo encontraré.
Así hablo el joven indio a sus camaradas y todos le tomaban por loco, le decían que no iba a encontrar nada más allá de las montañas azules, que más abajo del gran lago sólo había maleza y que más al norte se veía una gran explanada de hielo que nunca terminaba, y luego estaba el mar, y aquí se reían todos, quien se aventuraría a cruzar los mares el sólo y perderse en el gran mundo del gran Ser divino, en la inmensidad del mar no había nada, absolutamente nada, aseguraban los jefes indios, sólo grandes espacios vacíos donde se baña nuestro Dios el Gran Espíritu.
-Rézale, mi amado Itgankaro, rézale para que su gran magnificencia logre calmar tu sed de exploración, cásate con una muchacha del pueblo y espera a que su voz te llame para volver a la Tierra Santa de los Ancestros, y una vez allá podrás viajar como ya hacen nuestros espíritus guías.
Itgankaro no estaba tan convencido, no le gustaba estar tan sólo, ni pensar que no había más mundos. Quería viajas lejos, más lejos de lo que ningún hombre hubiese llegado, quería atravesar las grandes aguas, sí, aunque se riesen de él, y quería atravesar los grandes hielos, sí, aunque todos le tomasen por loco, y quería viajar las grandes llanuras y más allá la extensa capa de niebla donde el hombre muere de hambre y de sed, atravesarlo y volver más tarde, victorioso de su gran viaje. No podía vivir sin soñar un sólo día que haría tan hermoso viaje hasta que un día, por fin, sus padres y su gran jefe le dieron su bendición y pudo comenzar su gran viaje.
Como podrás imaginar el viaje duro muy poco tiempo, pronto conoció rincones absolutamente increíbles, pronto tubo que regresar para contar tan increíbles hallazgos y para casarse, pues su amor no le permitía ir más lejos en tan arriesgada aventura, sólo y sin volver al hogar. Pero el viaje le marco todas sus siguientes vidas.
Fue un viaje muy especial pues el tenía la convicción de que no viajo a unas tierras lejanas si no que viajo al centro de si mismo y allí encontró la mujer de sus sueños, a quien amo cada día de su vida y más allá en siguientes vidas, y también pudo extraer de lo que el llamó su caparazón, una planta magistral que sus guías le dijeron que la tomase y así sano su cuerpo, y pudo con ella sanar a muchas más personas más adelante. Encontró pues el remedio a la muerte en la vida y el gran amor que tanto anhela toda persona y que en su tierra no podría ni imaginarse que existiese.
Itgankaro camino durante muchos días por la gran ladera, atravesó las grandes montañas del norte y volvió a caminar hasta lo que el creía que estaría la gran niebla gris, pero allí no encontró una gran niebla gris, si no más extensiones verdes, inmensas extensiones de vida, animales extraños, pájaros cantores animados por voces que parecían casi humanas, y más allá descubrió extraños parajes como grandes tierras de fuego, aguas inmensas en medio de la tierra y lo que más le extraño en todo esto, gentes de todo tipo. Encontró gentes, pero lo más alucinante, lo que no podía ni creer, era que eran gentes de verdad que hablaban diferentes lenguas y vestían diferentes ropajes. Como parecían parte de un gran alucinación aunque fuesen de diferentes tribus, él no se acerco. Itgankaro no logró acercarse a ninguna de esas tribus, siempre se quedaba explorando cerca y sigilosamente se acercaba para sentir, oler y escuchar. Luego corría y se alejaba en la maleza esperando no ser sentido por nadie. No fue percibido en ninguna de esas excursiones y las personas que encontró no podían verle aunque quisieran, pues el quería no ser visto.
Para él, esas personas no estaban ahí, sólo eran visiones que tras mucho tiempo sólo se le presentaban. Creía que esas personas le mostraban como eran las verdaderas personas en su interior. Y así veía que debía de ser. Cuando aparecía una mujer llevando madera a otro logar, el sentía que esa mujer era la representación del espíritu de la gran mujer y cuando veía un hombre cazando el veía no a un hombre cazador, si no al espíritu del Gran Cazador Indio que se disponía a su papel pero que a él se le mostraba así porque algo tendría que ver, algo creía que tendría que captar de tan extraña visión. Los niños eran gigantes espíritus que se vestían de humildad para señalar la pureza de la vida y los ancianos eran la sabiduría que muchas veces se vestía de silencio. Así camino mucho tiempo y cada vez que veía a personas pensaba que su mente quería enseñarle un sueño en la realidad. Y no estaba loco, sólo sentía que así era, que así se mostraba la realidad. Este viaje, pues, le sirvió para encontrarse a sí mismo pues el sentía que así era.
Comprendió muchas cosas de las personas en este viaje, comprendió que el amor fundamenta que el hombre sea hombre, y la mujer mujer y el niño niño y el anciano anciano, que es el amor sabio el que nos hace ser y jugar nuestro papel, y aprendió a ver como cada uno, cada persona, jugaba un papel en su historia amando de una forma diferente. No todos sentían y expresaban su amor igual, algunos controlaban, otros daban cariño, otros calor humano, calor físico. Algunos no eran constantes en su amor y se perdían, otros jugaban. El amor era el contacto, las palabras, y a través de la comunicación se encontraban las personas. Sintió esto al ver tan hermosas familias y tan hermosas tribus.
Pero más tarde, en su viaje, encontró autenticas aberraciones humanas, personas que se peleaban y se hacían daño, personas que se herían y no se amaban en absoluto, y entonces pensó que eso, todo aquello, era la maldad que hay en los pensamientos negativos, pensó que la mente, cuando está corrupta, se convierte en esas aberraciones y puede hacer barbaridades buscando la esencia del amor que no hallará pues vive contra él.
Luego viajo hasta que su voz se quebró. Durante un tiempo estaba tan cansado y tan mal herido que murió físicamente, temporalmente, claro. Su cuerpo le fallo y su mente se acerco al descanso eterno. No podía continuar y se encontraba en un lugar donde el frío y la sequedad del ambiente no ayudaban a continuar. Soñó con su tierra allá lejos y con su gente y comprendió lo que le decían, volvió en sueños y encontró que todo estaba como lo dejo, no se notaba su ausencia en absoluto y lo agradeció a Dios, agradeció que su hermosa aldea fuese aun hermosa y perfecta y pensó en agradecer el amor que le brindaron las personas mientras allá vivía contándoles la sabiduría que había adquirido, pero no podía volver, ni si quiera tenía fuerzas para hablar. Así estuvo largos días, muriéndose.
Una mañana apareció ante el una gran sombra gris que le señalo una planta. La sombra era como de un hombre pero no se le acerco. Sintió que era su gran hermano, no podía verla bien pues sus ojos estaba agotados, pero supo en su interior que sería alguien de su interior, un espíritu guía que se le acercaba y le daba la planta secreta que le llevaría más cerca y rápido hacia el Gran Tierra de sus Antepasados.
Pero no fue así, la planta que tomó le salvó la vida. Pronto, tras tomar un poco, durmió y al poco despertó sano y salvo de las garras de la muerte, vivió, pero no sólo vivió, si no que se sentía sano y aliviado. Estuvo varios días en aquel lugar sintiendo, agradeciendo, amando a aquella tierra que le había mostrado lo que había en la muerte y le había traído de regreso de la mano de una planta mágica. Y luego partió su viaje de regreso hacia su verdadero hogar anhelando contar a todos lo que había visto.
Camino durante días hasta que halló una mujer, estaba sola, caminaba sola, y era la mujer más hermosa que jamás hubiese visto.
Cuando la halló, no podía dejar de mirarla y soñar con ella, le estuvo siguiendo varios días porque no se atrevía a apartarse de ella. La amaba tanto tanto que creyó que esa mujer era todo lo que él era, que se había salido de su cuerpo y se había metido en ella, pero no era así, era su alma gemela. Al tiempo sus grandes sabios en su tribu pudieron confirmar que hacía mucho tiempo las personas éramos dos en vez de una que nos separamos para encontrarnos y que algunas, como Itgankaro logró encontrar su otra mitad. No podía creer aun esto, no podía comprender y la estuvo siguiendo hasta que un día se aproximo mucho hasta tocarla. La mujer se quedo paralizada al ver al gran joven indio. Era tan hermoso que no podía creerlo. Sintió como su corazón se paraba y el tiempo dejaba de girar. La Gran Rueda se detuvo y ellos dos se miraron a los ojos, se miraron días y noches seguidas. Abandonados en su nido de amor y abrigados sin decirse nada más que palabras dulces en idiomas lejanos que no coincidían, pero daba igual, se entendían, sabían que estarían juntos siempre.
Itgankaro olvidó de donde era durante mucho tiempo hasta que logró recordarlo y volvieron juntos a su aldea. Ella era de un pueblo errante, eran dos familias, y tubo que partir cuando una gran epidemia empezó a matarles a todos. Sólo quedó ella, e Itgankaro la rescató, la dió de su verdadera luz y la abrigo con su amor.
Amado Amigo. Que hermoso regreso tuvieron a la aldea, todos les acogieron con un cariño espléndido, celebraron fiestas durante días y asombrados todos, replantaron la planta mágica y la usaron durante generaciones para sanar a aquellos que aún no debían morir. Sus corazones conocieron que había muchos más mundos en cada uno de nosotros y el Gran Guerrero Itgankaro se convirtió más adelante en Gran Jefe y enseñó que en los corazones albergamos grandes mundos. Enseño a todos que la gran mujer y el gran hombre están en nosotros y que los que no lo encuentren en la vida lo hallarán más allá, en la tierra de los antepasados, tras un gran viaje al centro de uno mismo. Y también enseñó que la vida esta llena de vida, y nada más, y que incluso las grandes aberraciones son parte del Cosmos, que el Espíritu Central nos vigila expectante en cada momento y que aunque estemos perdidos en medio de la nada, puede aparecer en forma semihumana para darnos de beber su agua celestial.
Imagina que hermoso viaje en aquel entonces pues cuando volviste, amigo, cuando regresaste de este viaje, ya no eras un joven guerrero, si no un sabio con un corazón sabio. No conté todos los detalles de aquella historia pero, ¿quien mejor que tú, amado ángel, para recordarlos y revivirlos en tu corazón?
Te dije al empezar que eres un ángel, y lo eres, y el día que te reencuentres con tu gran joven india sabrás que sois ángeles los dos.
Gracias por tan hermoso recuerdo. Te acompaño en tu misión en la tierra junto con cientos de seres que son parte de ti. No nos dejes atrás con las prisas de pensar que estas sólo en la tierra.
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