En un pueblecito muy muy pequeño vivía una familia de humildes campesinos. Vivían en una casita pequeña y cercana al rio y al pozo del pueblo, y allí tenían su hogar y descubrían día a día su verdadera fuente de luz.
Esa familia era grande en número, los padres y sus 8 hijos vivían todos muy unidos en una casita tan pequeña y humilde que compartían las camas y el pan entre todos. No les faltaba nada pues tenían lo justo para vivir, aunque no tenían suficiente espacio para todos.
Un hijo de esta familia, Ramiro, vivía desconcertado por si el pozo de agua les daría siempre agua. Ramiro sólo pensar que algún día se secaría el pozo y dejaría de darles agua para poder beber y vivir bien, y sabía que si algún día les faltaba el agua, no podrían sobrevivir.
Por las mañana, Ramiro cogía el cubo de agua, se acercaba al pozo a por agua y comprobaba que siguiese lleno, y cada día, el pozo seguía lleno, pero la preocupación no se iba de la mente de Ramiro. Y así pasaban los días y este chico no conseguía desprenderse de su miedo y su duda de si algún día se quedarían sin agua para beber.
Sus padres le solían decir que no debía preocuparse, otros peligros mayores había en el mundo, otras causas de sufrimiento más doloras podrían afectarles. El agua del pozo no se secaría porque este pozo llevaba allí generaciones y nunca había pasado nada.
Su hijo, Ramiro, sabía que era así, pero no conseguía quitarse su miedo. Aunque el no lo llamaba miedo, el lo llamaba precaución, y por precaución llamaba a una cierta ansiedad que le perseguía y no le dejaba pensar con claridad, pero en realidad era miedo, aunque el no era capaz de verlo.
Estaba tan tan preocupado que un día se fue al pozo y le hablo al pozo, le dijo:
-Yo no quiero que te seques pozo, solo quiero que nos traigas agua cada día de nuestras vidas, así podremos beber el agua que necesitamos para vivir. ¿Qué podemos hacer gran amigo nuestro, para que traigas agua cada día y nunca te seques?
Y en el pozo, que vivía un lagarto pequeño y muy muy sabio, y sabia que ese chico tenia tanto miedo de que el pozo se secase, pensó en aprovechar la oportunidad en beneficio propio y contestó:
-No te preocupes. - le dijo el lagarto al chico. - No pienses que nada que podáis hacer pueda conseguir que deje de traer agua, pero sabrás que mi trabajo es muy cansado, tengo que desplazar el agua desde muy lejos, desde allá en el centro del mundo, y tengo que cuidarla y traerla para vosotros cada día, y no me siento lo suficiente agradecido para todo lo que hago. Me gustaría que algún día, hubiera junto a mi algún árbol que me de sombra y cobijo del verano y para poder sentir más el viento, la sombra y el olor a flores en la primavera. No te preocupes por mi por si me seco o por si me faltara agua porque eso no pasara pero… ojala tuviese un árbol para sentir compañía en las duras noches de invierno cuando nadie se acerca a mi.
-Yo se lo que sientes, o mi gran amigo pozo, se lo que es trabajar duro y sentir soledad. No te preocupes que te traeré un arbolito que yo mismo trasplantare y pondré junto a ti. No te faltara su dulce compañía ni el olor de sus ramas cuando el viento las agite ni el sabor de sus frutos y su sombra. – Le contestó Ramiro inmediatamente al lagarto pensando que era el mismo pozo quien le hablaba.
Y así ocurrió, que Ramiro fue a por la pala y un cubo para poder trasplantar un árbol hasta donde su pozo estaba. Cogió un pequeño frutal que había en el pequeño huerto que tenían tras la casa y lo replanto junto al pozo. Con mucho cariño y paciencia lo regó y lo cuidó hasta que el árbol rehízo sus raíces y se habituó a su nuevo espacio. Y estando un día el lagarto en el pozo cerca del árbol, y pasando la familia junto a él, vieron el lagarto y pensaron que podría ser un buen animal y podrían engordarlo para poderlo comer más adelante pues eran humildes y gustaban de animales lagartos pequeños, para comer. Así que la familia cogió el lagarto, y lo cocinó esa misma noche y lo cenaron entre todos.
El chico, que no sabia que quien le contestó era un lagarto pequeño, fue de nuevo al pozo a buscar respuesta a sus dudas y esto fue lo que ocurrió:
El chico empezó a preguntar al pozo si este se sentía bien, pero no obtenía respuesta y pregunto una y otra vez, pero ahora el pozo no le respondía, y tratando de que el pozo le escuchase mejor se puso junto al borde y grito fuerte:
- ¿Pozoooooooo…! ¿Pozooooooo…! ¿Estoy aquí…! ¿Soy tu amigo, quien te planto el árbol para que tuvieses compañía y alguien con quien compartir tu vida. Respóndeme como la otra vez!.
Pero no obtuvo respuesta, claro. Y su familia, preocupada, le observaba desde la casa. Creían que se había vuelto loco, pero no era así, el estaba convencido de que el pozo fue quien le habló y no podía entender que ya no le hablase. Y como no obtuvo ninguna respuesta creyó que el pozo se había enfadado con el por poner un árbol demasiado grande a su lado y cogió el árbol y lo trasplanto al otro lado de la casa otra vez, y volvió al pozo a buscar respuesta. Tampoco la obtuvo ahora, así que trasplanto otro árbol junto al pozo, uno más pequeño con más ramas, y así trato de encontrar de nuevo el bienestar del pozo. Pero tampoco ahora no obtuvo ninguna respuesta. Y así paso el tiempo, pero nada se volvió a escuchar del pozo.
La familia estaba muy preocupada por el extraño comportamiento del chico con el pozo y querían que dejase tranquila la idea de que el pozo tenia voz y podía pensar, querían que razonase un poco, pero el chico recordaba que había hablado con el pozo y no podía dejar la idea de que el pozo se había enfadado con el.
Y esto es lo que hizo: pasado el tiempo, el chico se marcho lejos a buscar otro agua con el que poder beber, pues estaba convencido de que su pozo se secaría poco a poco pues estaba enfadado con el, ya que ahora no le hablaba. Y con esta idea recorrió toda la región buscando un pozo grande donde pudiesen sacar agua para beber toda la familia mientras el pozo no tuviese agua.
Pasado un tiempo, no encontró nada que le gustase y volvió a su casa convencido de que morirían de sed. Y así paso el tiempo, pero el pozo, claro esta, no se seco y el chico trataba de entender lo que había pasado.
Un día, por fin alguien que paseaba por allí y preguntó a la familia por el lagarto que vivía en el pozo.
-¿Qué lagarto? – preguntaron la familia al viajero.
- En el pozo que tienen ustedes vive un lagarto sabio que sabia hablar y contestaba lo que le preguntaseis, yo venia antes a menudo por la noche a preguntarle por mi futuro a ese lagarto, ¿dónde esta? Ya no le escucho y no le veo tampoco.
Entonces entendieron que con quien habló el chico era con aquel lagarto pequeño que habitaba en su pozo.
Fueron a contárselo y el chico al escuchar la noticia se encolerizó, se sintió engañado, pero más tarde entendió que toda la confusión había sido suya y de nadie más y entendió que no pasaba nada, que un pozo no se puede quedar sin agua y que cuando escuchamos una voz que surge de un lugar oscuro y desconocido no tiene por que ser la voz del mismo lugar, si no de alguien que habita en ese lugar.
Y yo que fuí una vez a ese pozo recuerdo que era un pozo precioso y el agua brotaba con una riqueza y un frescor especial.
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