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Dejando historias por resolver

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Había una vez un Cuento muy muy hermoso que estaba en un lugar mágico, esperando ser rescatado por un ser de maravillosa luz dorada y blanca, quien ya hace siglos lo rescató para todos nosotros y así me lo relató.

La historia que relata este cuento, ocurrió en un lugar donde el olvido llenaba todo menos el corazón de un ser especial, un hombre.

Era un hombre delgado, alto, hermoso, fuerte y sano, tal vez fuese el hombre más hermoso de todos los hombres, pues era más hermoso que todos los hombres que le rodeaban, más hermoso que la luz única. Era un hombre con más paz y más luz que todos los que le querían y estaban junto a él. Era un soñador, e impaciente en el amor. Su luz era brillante y hermosa como el mismo Sol y las Estrellas; era tan hermoso como las estrellas y el Sol dorado.

Visto de cerca ese hombre parecía ser un Cristo, alto, hermoso y esbelto, con la mirada en un lugar interno allá en el fondo de todas las cosas.

Cuando miraba hacia las personas se veía a si mismo porque el amor que infundía en otros era tal, que él ya estaba en todos los que le rodeaban, y a veces más, a veces sentía que estaba más dentro de lo que él podía ver y sentir, y era verdad, pues estaba en cada célula del ser de cada persona que amaba, pues amaba con un cariño y una ternura que rompía la barrera del silencio y atravesaba cualquier barrera mental que el hombre se pudiera creer real. Yo sólo se, que con sólo mirarle, todos se tranquilizaban y se querían más.

Corría el año 137 a.C. cuando este hombre esperaba encontrarse con su futura mujer, la más hermosa de las mujeres.

Su mujer se llamaría Guadalupe y tendría 5 años menos que él, o más, no recuerdo bien. Sería una mujer buena y muy linda. Como mujer que era, sería cariñosa, fuerte y segura de si misma, tendría ganas de formar una familia, de servir a su esposo en su camino espiritual y de seguirle el resto de su vida, pues así eran las buenas esposas entonces y esta sería muy buena esposa.

Más hermosa que ninguna otra mujer, Guadalupe estaba esperando a este hombre desde que tenía edad y conocimiento de que se casaría algún día. Ella sabía perfectamente con quien se casaría aunque no le hubiese conocido. Sabía que ese hombre tan maravilloso de sus sueños iba a ser su marido. Ella lo esperaba y sabía que el vendría tarde o tempano, aunque esperaba que no tardase mucho porque lo amaba mucho, aunque no supiese cuándo llegaría ni cómo sería. Ella solo quería que el llegase, encontrarle y tener su calor cerca el resto de su vida.

Y así ocurrió. Tal vez no era lo que esta mujer esperaba, pero algo así fue lo que ocurrió.

Guadalupe esperaba tener a este hombre sólo para ella, y este hombre amaba demasiado como para dejar ese hueco humano del pecho sólo para ella. Él amaba a todos los que le rodeaban. Era su marido, sí, pero no por eso dejaría de amar a todos, de hablar con sus amigos, de acercarse a las demás personas, ni de ayudar a quien necesitase su ayuda. La mujer tardó un tiempo en entenderlo, pero al final se dio cuenta que era lo mejor, que eso era lo que su marido quería en su vida, y que tenía que aceptarlo, le amaba tanto que no podía estar sin él.

Y así sucedió, tal como ellos ya sabían y esperaban desde hacía tiempo, por fin un día se vieron, se encontraron. Nada más verse se amaron y supieron que eran los dos una parte de un mismo camino de luz y de amor.

Un compartir completo y total reino en sus vidas desde el momento en que se encontraron y la luz les iluminó en todo lo que se propusieron.

Nada más una cosa no parecía que llegase y se retraso enormemente: un hijo que esperaban. Sus vidas no se veían recompensadas con el calor de una vida nueva que tanto esperaban: el calor y el amor de su hijo especial. Un hijo a quien esperaban desde hacia años. Este sería su hijo menor.

Estaba escrito que esta pareja tendría tres hijos. El primero sería hermoso, de ojos profundos y muy trabajador.

Después tendrían otro hijo, el mediano. Este hijo seria un varón, y estaba dicho que nacería con las lluvias tempranas del año. Nacería un día hermoso, fresco, nacería a la mañana, y tendría los ojos de su hermano mayor.

Después de este nacimiento, nacería también una nueva vida en aquel hogar, su hermano pródigo, más hermoso que la luna y más brillante que el sol. Sus ojos serían claros y su voz daría mucha ayuda y sabiduría a las personas. Con el tiempo se haría orador y todos le conocerían.

De los tres hijos que tendrían, el hermano pequeño de la familia sería el más hermoso y el más honrado, el más especial y el que sería recodado pasado el tiempo.

Tendrían que esperar, porque ese niño no nacería hasta que sus corazones, limpios de deseos, albergasen un amor puro hacia todas las cosas.

La madre tendría que amarle como ninguna otra mujer ama a sus hijos, porque ese niño sería un niño muy especial, tendría que ayudarle a crecer de una manera sana. Tendría que alimentarle bien, alimentar su espíritu de amor y su alma de saber.

Así sería y así estaba dicho y contado por las estrellas y los sabios.

Claro que también habría algo que no gustaba en este cuento: la mujer tendría que morir cuando su hijo menor naciese y se fuese de su vida. Ese día que su hijo marchase de su hogar, ella moriría porque así estaba dicho, su vida se centraría y acabaría en ese momento y todo lo que hiciese por detener la marcha de su hijo menor sería en vano.

Por esa razón algo de sus vidas no era del todo feliz.

Todos esperaban este nacimiento tan esperado pero la mujer no podría tenerlo porque temía morir, temía abandonar su cuerpo y dejar sola la familia. Esperaba poder compartir su vida con su amado y no quería apartarse de él. Incluso su amado no quería que ella se fuese, pero el aceptaba el destino de la vida, y no dudaba ni por un momento que no fuese ese el correcto, no hacía caso a las dudas de su esposa, no podía creer que ese fuese el final de la vida, así que no le daba importancia.

Su rostro se encogía cuando la veía porque ella estaba cansada de todo, deseando que llegase ese niño y terminar de resolver ese momento. Era tal su tristeza, que no se daba cuenta que en realidad no estaba viviendo porque tanto y tanto esperaba la muerte.

Ocurrió que este hombre y esta mujer no conocían todo lo que estaba dicho para sus vidas, algo no habían entendido bien, creían que sólo tendrían dos hijos y que quien sería su hijo mediano, en realidad sería el hijo menor, ese a quien  con tanto amor y dedicación debían acoger en sus vidas. El mismo niño al que esperaban que llegase desde hacía años.

Pasado el tiempo por fin llego el día que su hijo mediano nació, y años después de dedicación y amor salió de casa a vivir su vida. La mujer tuvo mucho miedo por si aquel sería el hijo que la llevaría a la muerte con su destino, pero nada ocurrió.
Y como nada ocurrió, descubrió que ya no tenia miedo a la muerte, pues su hijo más pequeño había salido de su hogar y a ella no le había ocurrido nada. Todo había cambiado: habían cambiado lo pronósticos, había cambado su vida con este destino. Ahora podría vivir hasta el final de sus días, en paz, junto a su marido amado, y esperar con él, el día de su muerte, allá al final de una edad avanzada y rica.

Su vida cambió en poco tiempo, descubrió las pequeñas cosas hermosas de la vida y, cuando sanó todo su cuerpo emocional, pudo tener a su tercer hijo, el más pequeño de todos, el que ella ya no esperaba que tendría.

La mujer y su marido ya contaban con edad avanzada y no esperaban tener un hijo, fue una sorpresa para ellos. Habían creído que el hijo mediano será el último pero aquí les bendecía la vida con un tercer hijo más hermoso que la vida misma, con más luz en la mirada y más amor en el corazón de lo que ningún niño allá podido imaginar.

Era un niño santo y se respiraba su energía y su luz desde la lejanía, todos hablaban del niño recién nacido tan hermoso y claro como la luna, tan brillante y lleno de amor y calor, como el Sol.

Ellos recordaron lo que las estrellas habían dicho sobre la muerte de la mujer y se dieron cuenta que la profecía aun no se habría cumplido, que aun faltaba un tiempo para su final. Se dieron cuenta que la profecía se cumpliría cuando este niño creciese y se marchase del hogar.

Estaban asustados porque ahora habían descubierto lo hermoso de la vida.

La mujer sentía que ahora si que no podría irse de esta vida, la amaba, amaba la vida: amaba su esposo, sus hijos y todo lo que la vida la había regalado. Su respiración era una con la vida, no quería perder ningún detalle de esta vida que entre todas, parecía ser la más hermosa, la más linda, la más fácil y llena de luz. Todo en su vida resplandecía perfección y no quería por nada en el mundo dejarla, quería sentir y vivir cada segundo, y que no acabase nunca.

Cada día al despertar se sentaba en la entrada de su hogar y saludaba al Sol naciente respirando hondo, sintiendo la vida de cada hoja que nacía a su alrededor y sintiendo el aire en su rostro. Luego caminaba por el monte y soñaba ser parte de él, ser un hada, un animal, un árbol, una flor, un insecto pequeño, y el bosque la quería porque la ayudaba en su camino, la ofrecía flores frescas que respirar y la regalaba el viento más agradable, la brisa de Telos.

Respiraba así la luz cada mañana y regresaba a casa con el corazón lleno de luz y de amor, llena de perdón hacia todo porque amaba la vida y había descubierto que todo es parte de un proceso de muerte y resurrección, igual que las plantas y los animales, el agua mismo caía y resurgía evaporándose hacía el cielo para luego volver a caer más limpio y más puro que antes.

Ahora esta mujer sabía lo que era la luz, la vida y el amor más puro. Cuando llegaba a su hogar, se sentaba junto a la cocina y hacía un rico desayuno para todos, para que se alimentaran bien, y después iba a despertar a su marido, el esposo más hermoso de todos, con más brillo y más amor del que hubiese nunca podido desear.

Ahora le entendía, le amaba como era y entendía cómo se comportaba, cómo valoraba la vida y como hablaba con todos enseñando aquello que tanta felicidad les había dado en sus vidas, siempre aportando su mano compañera, dando su vida y su luz, su compasión hacia todo el mudo, y lo que le importaba el sentirse parte de todo.

Ahora le amaba más que antes porque le comprendía y comprendía su vida y lo que hacía por ella. Su amor hacia él era ahora más puro, surgía de un lugar más cercano, más íntimo, y ya estaba segura que todo lo que quería hacer en su vida era compartir con él, compartir su tiempo y su fuego de amor que calentaban en el corazón.

Caminaba a su cama y cerca de él, le saludaba con un dulce beso en la frente: “Hora de despertar, Amor”. Y él abría los ojos y le regalaba la primera caricia del día con su mirada, y alegre y feliz sentía el corazón lleno de luz y amor por ella.

Se levantaba así cada mañana, embriagado en cariño y comían juntos. Luego su hijo pequeño lloraba desde su cuna pidiendo la comida y así ella se acercaba a su hijo y le amamantaba con dulzura, como si fuese el momento más rico del día, y el niño no sólo se alimentaba de comida, también de cariño y amor, un amor tan puro que todo lo que deseaba era seguir allí, junto a su madre amorosa el resto del día, segundo a segundo, sin esperar nada más de aquel lugar que le acogía con tanto amor.

El día se alargaba en el día y todo era cada día más luminoso y más hermoso. La mujer disfrutaba de cada segundo y parecía que el amor por todo y por todos crecía cada instante. Ya no temía irse de la vida porque ya la había amado toda, ya comprendía que la vida es así, un fluir dulce y amoroso hacia el mañana donde esta sentada la muerte, compañera de nuestro viaje.

Sería más hermoso todo para ella, ese partir sería más fácil, pues ahora entendía el dulce fluir de la vida y se hacía parte de él disfrutando cada día, cada segundo de su vida, cada instante. Despertaba la curiosidad por cada nuevo regalo que le daba la vida en los pequeños detalles que tanto amaba, y luego estaba su luz hacia todos, su cariño y su cercanía y compañía a todos.

Ya no podría pensar que morir es abandonar la vida, sino el cuerpo que no te deja compartir con los demás. La vida se había convertido en un estorbo para ella, pues con ese cuerpo tan pesado no podía llegar tan profundo al corazón de todos, ahora no solo no temía la muerte sino que la esperaba porque quería ayudar a todos desde un cuerpo más sutil de energía, que la permitiese volar y entrar en todos con el amor y el calor de un ser más puro, y con la cercanía que había vivido en esa vida podría entender mucho mejor el fluir de sus vidas y su lento despertar hacia la conciencia.

Ya no tenía miedo, sabía que era su vida la que no la dejaba crecer como tanto deseaba para poder ser parte de todo. Su cuerpo se fundiría con la tierra y su recuerdo alimentaria los corazones de las personas que la rodeaban repartiéndose en migajitas entre todos, así, cada uno podría llevar un cachito de lo que ella fue en la vida, unos llevarían algo bueno y otros algo malo, pero todos la albergarían en su interior, y luego su ser estaría perdido en otro reino donde la luz la ayudaría a acercase más a todos los hombres y mujeres de todo el reino, y más allá aun, hasta donde la dejase llegar.

Seria el año 92 a.C. cuando el hijo pensó en marchar de casa, el destino de su madre era un secreto para él y no podría conocerlo hasta después de su muerte. Quería marchar de casa al terminar el frio invierno y comenzar la primavera. Iba a conocer el mundo y deseaba encontrar su mujer como su madre le había enseñado que debía hacer, y debía encontrar su vida y su lugar en el mundo como también su madre le había enseñado.

Tenía que marchar pues ya tenia edad de irse y, con mucha tristeza, se alejo de la vida de sus padres y marchó a otros reinos donde su nueva vida le esperaba desde hacía estrellas de tiempo.

Su madre se despidió de él con mucho cariño sin decirle que tal vez no volverían a verse, pues no quería asustarle, y luego fue a su bosque relajada porque sabía que ya le llegaría la muerte, que le estaba esperando.

El hombre, que tanto la amaba, no podía esperar que llegase la muerte, tenía que estar con ella cada segundo porque temía su huida ahora que tanto se había convertido ella en su vida, ahora no podía irse.

Descubrió así que la muerte llegó, llegó de la mano de una enfermedad rara que le mato en muy poco tiempo. Casi dos días estuvo la mujer en cama esperando que acabase de llevarla despidiéndose de su marido, él ahora estaba solo y se sentía morir sin ella. La miraba y la veía lejos, pues en su enfermedad, su mirada ya estaba en otro mundo, ya no estaba con él, y se iría a otra vida, había compartido con ella todo lo que él era, y parecía que la mitad de su vida se iba en sus brazos.

Se quedaba ahora tan solo que no encontraba sentido para su vida, le venía esa nueva vida de soltero que no quería, no quería vivir esa soledad, quería disfrutar de su vida con su esposa, aquella que las estrellas le regalaron y con la que había pasado toda su vida.

No pasó mucho tiempo hasta que la tristeza le llevo a él también. Le llevo de golpe, en el bosque que tanto le gustaba a su esposa. Le llevo sin avisar y todos entendieron que se fue triste porque no estaba su esposa con él, pero que ahora estaría feliz porque la había recobrado de nuevo, allá en la distancia del cielo, donde todas las almas se reúnen y pactan sus nuevas vidas en la Tierra.

Y no paso mucho tiempo hasta que una niña nació en una isla no muy lejana, allá al oeste de la región donde vivía esta familia que hemos relatado.

Era una niña hermosa, de ojos claros y sus cabellos eran tan finos que el viento los empujaba a cada instante con dulzura. Nació en una isla pequeña.

Pocos años después nació un niño, sería un hombre sano, fuerte y cariñoso. Era niño que en su estrella estaba escrito que conocería a esa mujer y se casarían, y así ocurrió, pero esta vez no se despedirían con tanta tristeza, aquella mujer tendría que sentir amor y calor en la despedida para olvidar la tristeza y la soledad que una vez antes, como hombre, había vivido en otro cuerpo y otra vida, pero con la misma persona a su lado.

Y todos en la isla reconocieron al instante que esas dos personas vivirían uno con el otro, porque su corazón parecía uno, aunque sus vidas no parecían que fuesen eternas, pues la eternidad es un suspiro del tiempo.

Y yo que te e contado este relato, has de saber que nunca conocí a estas personas, sólo supe de esta historia por manos de otros, y a esos otros se la habían contado otros, y así hasta aquel pasado remoto de hace más de 2.000 años, y más atrás de todo lo que podamos creer y conocer, pero que se pone en el tiempo y el espacio porque es algo que a ocurrido y ocurre a cada segundo de nuestras vidas, con cada uno de nosotros, pues nuestro recuerdo queda olvidado para nuestra mente temporal, pero queda guardado en nuestra mente colectiva y nuestra mente inmortal, y allí se quedan las heridas y las penas y las conquistas y la iluminación, y por mucho que queramos callar su voz, allí está ésta sabiduría que tanto tenemos que sanar para poder seguir alumbrando nuestro eterno crecer en el abrazo de la vida humana.

Y yo que te cuento esto he de decirte que no hay mayor error que creer que la vida no esta unida a los que nos rodean, que no conoces a nadie y que los que te rodean son ajenos a ti y a lo que sientes, pues cada segundo de tú vida esta construido por lo que otros te han aportado y ayudado, en esta o en otras vidas, y tu sólo tienes que ser parte de esa energía que te rodea. Eres uno más, y no estás solo, porque ya en las estrellas decidiste nacer con tus hermanos, padres, hijos y amigos de otras vidas y resolver aquello que no resolviste antes.

Las penas, el dolor, la alegría y el amor, son sólo un proceso de limpieza del espíritu para llegar antes a Dios y al amor.

Y ya se ha acabado este cuento, pero recuerda como sigue la historia vida tras vida, resolviendo todo aquello que no se resolvió.

Un abrazo compañero de viaje, y espero que tengas una vida llena de luz y amor y alimentes tu alma con todo lo hermoso que la vida te regala para que tu vida futura se llene de luz y se limpie de todo lo que no te hace falta.

Se tú.

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