Erase que se era, hace mucho, mucho tiempo, en un lugar bajo este mundo, un pequeño pueblecito donde había un jardín de oro.
Era el jardín de una casa en la que vivía una niña pequeña, una niña especial porque tenía sus cabellos dorados. Sus cabellos se enredaban con el viento y hacían cantar el color del aire. Vivía también un señor, su padre, vivía un niño, su hermano y una mujer, su madre. Era la familia de la niña del cabello dorado, y estaban todos presentes cuando ocurrió una desgracia.
Un buen día que no se esperaba nadie, apareció un hombre con barba gris. Era un hombre alto y de cabello espeso. Vestía un uniforma y tenía una espada en la pierna. El llamó a la puerta de la casa y aunque no le conocían, le dejaron entrar para ver que quería. El entró y diferenció en seguida a la niña por sus cabellos de oro. Él quería esos cabellos para si porque sabía que esos cabellos valían una fortuna en donde él vivía. Él solo quería coger sus cabellos y llevárselos al lugar de donde él era.
El señor de la barba y los cabellos grises, aprovechándose de la hospitalidad de aquella familia, pasó la noche en la casa de la niña de los cabellos dorados, y no pasó mucho tiempo cuando cogió su corta espada y cambio los cabellos de la niña por los suyos de plata. Lo hizo por la noche cuando todos dormían en sus camas y así nadie le pudo ver. El señor cogió los cabellos de la niña y se marcho.
A la mañana siguiente, cuando la niña despertó, noto que de la cabeza le colgaba un cabello de plata, que no era como su cabello de oro, que era plata. Entonces fue a mirarse al espejo y descubrió como le habían cambiado el pelo, su pelo dorado ahora era de plata. Ya no podría colgar su pelo de una trenza, y no podría acariciar su melena con la mano de la misma manera que antes. Este pelo era mucho más duro, y no le gustaba nada. Cuando su madre y su padre despertaron y le vieron con el cabello de plata y descubrieron que el caballero les había engañado. Se dieron cuenta que aquel hombre había estado allí sólo para cortarle el cabello a su hija y llevárselo y que le había puesto en su lugar un cabello plata que no valía nada.
La niña se asustó mucho y tuvo miedo porque ese pelo que tenía era muy duro y muy obscuro. No lo quería tener. Ella quería su verdadero pelo, no esa melena gris como la plata que no le gustaba nada. Quería volver a tener su verdadero cabello. Lo recuerdo, pues yo la escuché.
Mientras la familia se despertaba y cubrían a su hija con un pañuelo para que nadie viese ese pelo gris horrible y desagradable, el pelo verdadero de la niña corría en manos de un señor, hacia un tiempo muy lejano, donde tal vez la niña no podría llegar jamás.
El señor no entendía el mal que estaba causando al llevarse ese cabello tan hermoso; no sabía que esa niña necesitaba su pelo para crecer y para ser como debía ser; no entendía que el tiempo le devolvería su verdadero pelo, porque así estaba escrito en El Libro Sagrado de la Vida.
Tú que me lees, sabrás que ese libro decide quién y cómo ha de vivir; cuándo tendrán que ocurrir las cosas y quién participará y creará todo lo que esta ocurriendo a cada instante. Y se dice que si alguien nace con un don especial, como con un cabello de oro que Dios haya puesto en su cabeza, ese ser tendrá que vivir con ese cabello, y si alguien le desarma ese cabello y lo cambia por otro, esa persona o morirá esperando su cabello o tendrá otro nuevo igual de hermoso o más aún, pues es lo que le corresponde. No existe la desgracia y tampoco la falta en el verdadero mundo de Dios, sólo el que la crea y la persigue descubrirá su verdadera soledad y trauma, pero surgirá de él mismo esta nueva verdad, y no de la vida.
Así ocurrió que aquel hombre, cuando se fue, no se dio cuenta de que había echo mal, pero según avanzaba en su caballo con su espada, descubrió que le faltaba algo tremendo, descubrió que no se sentía tan mal desde hacia mucho tiempo. Algo se apoderaba de él. Algo estaba ocupando el lugar de su mente, algo le aturdía. Él, que creía haber acertado llevándose aquellos preciosos cabellos dorados a su hogar para alumbrar en la noche a su familia, sentía que había cambiado la vida de una niña. Sentía que había cambiado su destino y que ahora tendría que cambiar el suyo también. Y con un gran sentimiento de culpa, veía que cuando llegase a su lugar de origen tendría que cambiar su vida, pues ¿qué dirían los demás hombres y mujeres del lugar si veían que el tenía esos cabellos sagrados de oro hechos para alguien especial?, ¿qué pensarían?, ¿cómo los habría obtenido?. Tarde o temprano se darían cuenta y la desgracia caería sobre sus vidas y sobre la vida de su familia. Obro mal.
Él no entendía bien porque esos cabellos eran tan importantes. Sólo sabía que con ellos podría tener otro camino en su vida. Estaba esperando tener ese cambio para poder llegar más lejos en su empleo, en su vida, en su camino, y ahora, con ellos en sus manos, podría tener aquel cambio deseado. Pero algo de toda esa vida nueva no le pertenecía, y de una forma u otra lo sabía.
Pasó el tiempo y el hombre vivió mucho mejor. Tenía todo cuanto deseaba: tenía un empleo mejor; ganaba más dinero y era más feliz; sus amigos le apreciaban mucho más. Ahora que tenía más dinero, se pudo cambiar de casa; pudo comprar más cosas, y mejores. Cambió su viejo caballo por otro mucho más fuerte y sano; sus amigos le envidiaban y su mujer se sentía mejor cuando estaba a su lado. Ella nunca le había querido tanto, y ahora le hablaba a diario, conversaban horas y horas y se conocían mucho más, eran felices. Todo parecía perfecto.
En el otro lado del mundo estaba la niña que ya no tenía sus cabellos de oro. Tenía unos cabellos de plata: secos, duros y pesados. Su vida ahora era muy difícil. Ahora nadie la quería, cuando la veían por la calle no la hablaban porque sus cabellos eran grises y feos, y la desconfianza se apoderaba de ellos. Ella quería volver a ser como había sido, se sentía pobre, sentía que la faltaba el verdadero oro que hace felices a las personas. El don de la igualdad ya no existía en ella. Estaba asustada y tenía mucho miedo de todo cuando veía, además se sentía muy sola.
Sus cabellos de plata eran grises y feos, y eso mostraba a la gente que su corazón era negro, y así lo veían todos. No se daban cuenta que una vez tuvo unos cabellos dorados y ahora no. No se daban cuenta que ahora tenía el pelo gris porque no era suyo, que cargaba con el cabello de otra persona. Su vida se volvió más triste, incluso su familia se sentía infeliz, amargada. No sabían que hacer, no podían cambiar el destino que se les echaba encima. Ahora les faltaba la luz en sus corazones, les faltaba la alegría y la armonía. Algo que habían tenido ya no estaba. El amor en ellos había desaparecido y todo había cambiado.
Ocurrió que todo volvió a la normalidad, pero no imaginarás cómo.
El hombre que tenía los cabellos dorados de la niña, caminaba feliz por un camino hacia su nuevo destino, cuando topó con un anciano amigo. Este amigo le pregunto:
- ¿Cuánto hace que te conozco? Yo se que tu antes no eras así. Se que antes tu vida era distinta, algo ha cambiado en ti. Y has de saber que lo que has robado y no te pertenece, deberá ser llegado a su verdadera dueña.
- ¿Cómo sabes tú eso? - Contesto el hombre asustado.
- Yo se que has robado a una niña su cabello de oro, porque te fui a ver un día y tu cabello era gris, plateado, no tenia brillo y no valía nada, y al día siguiente tu cabello era de un puro oro como jamás había visto. No te pertenecía ese cabello. Es tan puro ese cabello como sólo puede tener una niña de corta edad, y yo la busque a esa niña y la encontré. Allá en las tierras más apartadas descubrí una niña con los cabellos grises, como eran los tuyos hace ya años. Tú no te mereces ese cabello de oro, tú que has robado la inocencia de una niña, volverás allá y le entregaras su cabello, y nadie podrá hacer cambiar esto, porque si no lo haces, el tiempo volverá gris tu vida y te amargará el corazón para siempre. Sólo así podrás volver a ser tú mismo y volverás a tener lo que te corresponde. Tú no eres digno de llevar ese cabello, ni eres digno de tener esta vida que te ha llenado de bien. Ve, pues, antes de que anochezca, y devuélvele el pelo a su verdadera dueña.
Esto asustó mucho al señor. No podía creer que alguien supiese su mentira, pero mucho menos pensar que aquella niña podría estar mal por no tener su cabello dorado. Era normal que a él le hubiese llegado toda la riqueza y toda la alegría a su vida, pero a la niña no le podría haber llegado la desgracia porque el cabello de oro era de ella. Él sólo quiso compartir su alegría.
En el fondo de si mismo, siempre supo que esa niña estaría amargada y triste, que la soledad la había llenado el pecho y que no podría hacer nada para arreglarlo sin su verdadero cabello. Él lo supo porque tenía su verdadero cabello, y sin él, las personas no son como de verdad son: su vida cambia, su corazón cambia, incluso su forma de ser cambia. Ellas se vuelven como su cabello dice que van a ser. Y así lo dice El Libro Sagrado de la Vida, El libro del Tiempo, allá donde esta escrito que vida llevará cada persona, y cuándo tiempo tendrá que vivir, y cómo ha de crecer para ser lo que debe de ser. Pero dejo que la ignorancia se apoderase de su juicio para no sentirse culpable por lo que había echo.
Aquel hombre había intentado cambiar ese libro: había intentado borrar lo que estaba puesto para él mismo y para los que tenía cerca. Y ahora no podría hacer nada para evitar lo que le vendría encima. Su vida volvería a ser lo que fue y no podría hacer nada para cambiar eso. Pero aun así, no pudo aguantar su conciencia y volvió para darle a la niña su verdadero cabello de oro.
Esa noche la niña dormía. Estaba triste porque su cabello era tan feo que nadie la quería cerca, ni si quiera su hermano. Y tras llorar amargamente como cada día lloraba por su nuevo cabello, quedo dormida y entro en un sueño profundo. Y mientras dormía, el señor cambió su verdadero pelo dorado por aquella nueva melena de plata y se marchó.
Ahora sabía que su vida sería más fea que nunca, pero no podría hacer nada para cambiarlo. Había aceptado su destino, y al aceptarlo había obrado con el corazón, y esto le bastaba para sonreír un poco mientras se colgaba su triste melena gris y se dirigía hacia su viejo camino.
Cuando salió el sol, un nuevo aire de amor entro en la casa donde vivía la niña. Ahora los cabellos de oro volvieron a relucir como antes lo hacían, eran otra vez suyos. La niña, feliz, fue corriendo a contárselo a sus padres, quienes no podían creer tal bendición de Dios. Yo estaba allí y lo vi todo. El padre estaba feliz porque su hija volvía a ser como debía de ser, y ya nada podría cambiarlo; su madre estaba feliz porque la niña reía y su corazón volvía a resplandecer lleno de alegría y amor, lleno de verdad y aliento para una vida llena de felicidad y amor.
Se despertaron mientas la alegría volvía a reinar en esa casa. Todo volvía a la normalidad y cuando casi no se acordaban de lo que había corrido, y la niña ya no pensaba en nada más que en ser feliz, volvió el señor a contar lo que había pasado. Llamó a la puerta y contó como cayó en la desesperación y robo los cabellos de la niña.
Todos le perdonaron porque entendieron lo que debía de ser tener aquellos cabellos grises, ya que la niña los tuvo mucho tiempo y lo pasaron todos muy mal, pero el señor no podría cambiar el destino que le aguardaba, pues, además de tener aquellos cabellos plata, había echo mal al intentar cambiarlos con otra persona. Su vida era suya y no podría cambiarla por la de nadie.
La vida es algo que no puede ser cambiado, no puede ser cambiada con la de otra persona. El intentarlo puede acarrear grandes desgracias, cambios drásticos en el tiempo y en el espacio. Puede hacer que las personas dejen de ser ellas mismas y se conviertan en otras, en seres raros, grises, o supuestamente felices, aunque dentro de su corazón la amargura y la soledad les este atrapando y cegando de alguna manera.
El señor entendió que ya no tenía nada que hacer allí y antes de irse, regaló a aquella maravillosa familia, su nuevo caballo, su nueva casa y su nuevo empleo, pues entendía que no le correspondían. Luego marchó en su viejo caballo y llego a su antigua casa donde le esperaba su antigua mujer, ahora como siempre, áspera, sin ganas de vivir, y con una tristeza y una soledad penetrante en su mirada. El sabía que ese era su destino y no intentó hacer nada más para cambiarlo. Su vida sería esa porque así debía de ser. Y aceptar fue el mejor regalo que pudo recibir.
Ocurrió de verdad. Recuerdo que él estaba en su jardín cuando de pronto volvió ese viejo amigo que el señor encontró en el camino, y le dijo:
-Has obrado bien. Ahora la niña y su familia han recobrado las ganas de vivir, la alegría y la paz en sus vidas. Han recobrado lo que les pertenece. Has cambiado su vida de nuevo y eso es lo que debías hacer. Ahora, tú no has cambiado, volviste a ser quien eras. Te has dado cuenta que tu vida tiene un sentido y has aceptado lo que te corresponde con amor, con tranquilidad y con entrega. Tu vida es la que era, pero ahora no te sientes mal al vivirla porque sabes que es lo que te corresponde y lo aceptas. Ten ahora este regalo que te doy. Cuando menos te lo esperes, dormirás, y en la noche, tus cabellos de plata se harán blancos. La verdad se hará en ellos. Se purificaran tus cabellos ahora grises convirtiéndose en blancos y con ellos tu vida se volverá mas luminosa y llena de verdad. Has hecho un regalo a tu vida y a la vida de los demás, has obrado como debías y has aceptado tu destino. El Cielo ahora te regala estos nuevos cabellos blancos de Iluminación, de Perdón, de Luz, de Verdad y de Entrega al Camino. Tú vida nunca fue fácil y casi te rendiste a ella cuando cambiaste los cabellos a aquella niña, pero volviste ha ser quien debías ser. Aceptaste tu camino y ahora todo cambiará para ti.
Y así fue como el señor cambió de nuevo sus cabellos. A los pocos días, en la noche, su cabello se tornó blanco brillante: la Luz iluminó su cabello y su vida. Ahora tenía la verdad en su corazón y con ella la vida retornó un sentido mucho más amplio. Todo había tomado forma, sentido, paz, armonía y luz. Todo lo que ahora tenía estaba en su lugar, en el lugar que Dios puso. Para él, ya no había nada fuera de su vida que pudiese desear. Su vida era plena, llena de amor, paz, armonía, y sobre todo verdad. La verdad y la luz irradiaron de sus cabellos al mundo desde entonces.
No cambió nada más en la vida de estas personas, solamente ellos mismos. Sólo su forma de entender la vida y su manera de vivirla. Cada uno tiene lo que le corresponde, nada más. Si alguna vez descubres que no te gusta tu vida, no intentes hacerte con la vida de otra persona. Si alguna vez descubres que no te gusta como eres, no intentes hacerte como lo que es otra persona. Se tú, pues en ti esta tu destino, tu camino, lo que has de aprender y vivir. Más allá de cada uno de nosotros, no hay nada que merezca la pena vivir, pues sólo en nosotros hallaremos la felicidad y la dicha en la vida.
Y así lo descubrieron quienes vivieron este cuento, que no es un cuento normal, pues es un cuento que ocurrió de verdad. Yo estuve allí y lo cuento tal cual ocurrió. En mi nombre queda dicho que eso ocurrió así, que esa niña existió y aquel hombre que le robó el cabello también, que existió aquella mañana, aquellos padres asustados, aquel hermano que rechazo los cambios, aquel anciano que aconsejo a su viejo amigo y aquel cambio en la vida de las personas.
Nosotros somos lo que Dios quiere que seamos, ¿para qué vamos a intentar ser más o menos, o distintos? Así esta bien.
Aprende a vivir de otra manera. Aprende a vivir con el corazón, a vivir la vida con la esperanza de que nuestra vida sea por alguna razón, de que cualquier cambio sólo ha de ser provocado desde dentro y eso hará que cambie el exterior.
Y no debemos esperar traer cosas a nuestra vida para cambiarla, sino cambiar cosas que tenemos dentro, como las cargas y los rencores, para que así pueda cambiar la vida.
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