Mensajes Espirituales

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Cuento de José y María

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Mis amados, que reino tan hermoso estáis cocreando. Que vida tan llena de luz. En esta sesión conjunta con canalización conjunta quiero entregaros esta llama portadora de Luz Violeta para que arrastre y mueva todas las imperfecciones de vuestro momento actual, para que en vuestra vida sólo brille la paz. Ante todo la paz. En cada momento. No sois conscientes más que de las imperfecciones pero vuestro camino es un camino de luz, de entrega, de dar la luz interior, de amar y de perfeccionamiento. Las duras pruebas están próximas a su fin y queremos celebrarlo mostrándoos un cuento hermoso para ambos, un cuento que podáis recibir y comprender.

Primero sabed que siempre existió un plano ascendido de consciencia, recordar esto como requisito previo para leer el cuento, siempre hubo luz más allá de las nubes y siempre hubo densas nubes que taparon la luz del sol. Hoy, mis amados, comenzamos una historia nueva, aún quedan de esas nubes, pero ya sabéis que el cielo se está despejando para todos. Se está despejando para bien. Vamos a empezar.

Había una vez un cuento mágico. Era un cuento cargado de misterio, de luz, un cuento de resoluciones y de ayuda. Hubo un niño que leyó el cuento, e imaginaros cómo de mágico era el cuento, que el niño se convirtió en hombre de paz. Hubo un enfermo que releyó la historia, e imaginaros como de mágico era el cuento, que el hombre sanó sus heridas. Así era el cuento mágico, un cuento maravilloso, lleno de luz. Lleno de entendimiento y claridad.

Ante todo sabed que los cuentos no son sólo para los niños, los cuentos relatan datos muy antiguos, datos sagrados. Todos recordaréis los cuentos sagrados cuando las historias lleguen a su conclusión, pues os daréis cuenta que estos cuentos eran llaves maestras para alcanzar la luz en la vida. Muchos cuentos actualmente actúan como guardianes de ciertas llaves, ciertos tesoros, y esas llaves conducen a la claridad interior, al despertar de la consciencia.

Y muchos lectores dirán, ¿y cómo un cuento puede ser mágico y contener tanta información si yo lo leo y no me dice nada? Sólo el sabio y el hombre bueno puede alcanzar sabiduría de allá donde se encuentra. La sabiduría no está escondida, mi amado, la sabiduría está al alcance de la mano de aquél que la requiera, pero sólo alguien con el corazón limpio y la mirada clara puede alcanzarla, sólo aquel que de verdad la busca, no desde la mente, sino con el alma. Por ello los cuentos son claves, para que los niños tengan esas llaves y tengan la oportunidad durante toda su vida de alcanzar ese despertar interior. Una vez olvidado el cuento, es muy probable que a la persona le cueste mucho volver atrás y abrir la puerta. Es muy difícil que la persona pueda ver la luz en su vida. Por ello los cuentos se cuentan en la infancia, para que perdure esta sabiduría en la conciencia de los más pequeños durante toda su vida, durante todo lo largo de su vida.

El cuento que vengo a contaros es un cuento de luz, un cuento algo breve, pero muy sabio y hermoso.

Había una vez, un cuento mágico. Era un cuento sagrado y durante mucho tiempo fue guardado en las estrellas. Era un cuento lleno de sabiduría, de bondad y de realidad. Las personas que lo leían se transformaban y las personas que deseaban leerlo sabían que debían empezar a trabajar interiormente, pues sólo el digno podía alcanzar la luz de este cuento. Sólo aquél que lo deseaba de corazón. El cuento estaba escondido, secreto, oculto en un monte oculto a la mano de la suerte humana. El cuento lo custodiaban cuatro seres de luz, cuatro arcángeles sagrados con sus cuatro rayos de luz. El cuento se encontraba oculto y sólo a través de un viaje astral, de un viaje de luz o una bilocación se podía llegar a él, pero no se podía tocar con las manos, pues era un pergamino tan sagrado que si se tocaba con las manos podía fundir a la persona al instante.

Era un cuento muy sagrado, muy mágico. Y me diréis ¿y cómo un pergamino puede tener tanta fuerza? Pues porque este pergamino estuvo escrito por la mano de un hombre de luz, un hombre Maestro en su tiempo. Él lo escribió con su puño y letra y entregó en él toda la sabiduría que él guardó durante toda su vida. Ocurre que este hombre era un santo, y fue reconocido durante toda su vida por sus obras por los demás hombres, pero parte de su enseñanza tuvo que ser oculta, pues los codiciosos, los hombres que no querían avanzar por el camino de la luz, podrían contaminarla con sus manos sucias de envidia, odio, celos, rencor… Al libro sólo se podía llegar con Amor. Esta era la puerta para llegar al lugar donde el cuento se encontraba. El Amor.

Así que vamos a comenzar dictándote el libro mi preciosa Altaïr, ten calma y no corras pues es un cuento muy bello y sus palabras tienen mucho más significado del que pueda parecer.

Había una vez un hombre mágico. Un hombre con una magnitud y una luz tan grande que vivía en un monte apartado de los demás. No podía vivir con los otros hombres pues cambiaba a las personas con su sola presencia.

Era tan bondadoso y tan apuesto que todas las personas se rendían a sus pies cautivas por la luz que desprendía. Era un hombre de paz, hacía que la paz reinase allá donde él estaba y solía gustarle acompañar a las personas en sus últimos días, le gustaba entregarles su compañía cuando estaban perdidas. Les acompañaba simplemente en esos momentos. Ellos no sabían quién era él, no sabían de dónde surgía, pero reconocían su claridad de pensamiento y sentían su paz. A todos les gustaba su compañía y nadie le negaba un trozo de pan.

sanjose-obrero.jpgEste hombre se llamaba José. Era un hombre de mucha calma, de mucha cautela y de mucha luz. Durante mucho tiempo vivió escondido en un monte, como bien he dicho, vivía en el interior, en una ciudad escondida bajo la Tierra y bajo el nivel del mar. Pero este hombre tenía una diferencia con los otros hombres, una diferencia que muy pocas personas pueden llegar a creer, él no moría. No se podía morir.

Llevaba vivo 458 años cuando empezó a darse cuenta que él no moría, que era un hombre inmortal. Había visto morir a sus hijos, a sus nietos, a sus bisnietos y ahora era un hombre algo triste. Solía vivir algo apagado por esta razón. Entonces comprendió que viviría siempre, mientras durase aquel tiempo en la Tierra, y comprendió que su misión en esa vida era acompañar a la humanidad. Y así lo hizo. Cuando cumplió 458 años comprendió que su camino era ayudar a los demás, acompañarles en el viaje por la vida. Vio venir y morir a muchos de sus amigos, a muchos de sus conocidos. Vio reencarnar a seres de mucha luz, vio crecer y morir a grandes hombres, grandes seres. Su corazón se estremecía al pensar en cuanta gente había visto partir de la vida y lloraba igual que cualquier hombre, cuando recordaba todo lo que había amado a una mujer cuando tuvo la oportunidad.
Era un hombre consciente y podía viajar a otros planos de consciencia, pero algún tiempo deseó tener a su esposa junto a él, a una hermosa virgen que le acompañó durante mucho tiempo.

El hermano José vivió durante tanto tiempo que conocía los nombres de todos, conocía sus historias y conocía lo que hacía cada uno por los demás. Cuando alguien le llamaba o pensaba en él, rápidamente él se daba cuenta y se acercaba a donde le llamaban mentalmente, observaba el lugar y más adelante marchaba cuando debía irse. Solía acompañar también a hombres y mujeres cuando estaban batallando. En las batallas domésticas. Pues él creía que las personas no sabían tener relaciones puras, pues nadie les había enseñado. Y veía una y otra vez jóvenes recién casados que se divorciaban o incluso se mataban por disputas domésticas. Así, solía acompañar sobre todo a las mujeres, pues las veía sensibles a estos temas por tanta y tanta ilusión que habían puesto en su marido y en el matrimonio.

Ocurre que muchas veces quería intervenir en las relaciones, pero no le dejaban, sus seres de luz le hablaban continuamente y no le permitían entrar en esas disputas caseras. Y decía: pero si ayudase ahora, estas dos personas podrían continuar unidas, y podrían formar una hermosa familia. Pero siempre le decían que la intervención divina no se podía dar hasta que no hubiese una petición clara para hacerlo. Y él se quejaba de no poder entrar dentro de la vida de los demás y ayudarles en lo que les ocurría. Siempre se quejaba de eso. Si él pudiese, hubiese hecho tanto…

San Juan, un amigo de José, solía acompañarle en sus viajes a la superficie de la montaña y le decía: “no te apures José, ellos saben que es su camino, no te apures por el dolor pues el dolor es parte de la vida, es necesario, e igual que tú y que yo hemos pasado dolor, a veces sólo con dolor crece la persona fuerte”. Y José le contestaba: “¡pero tanto dolor! ¡Tanto!”

Y San Juan le contestaba a José: “no amado José, tanto no es necesario, pero no hay nada que hacer cuando es el propio ser humano el que busca sufrimiento en su camino por la vida, y lo sabes”.

José preguntaba: “¿Y si fuese mi hijo el que busca el dolor, qué haría?

Y San Juan le contestaba: “Ya sabes la respuesta amado José, no se podría actuar tampoco entonces. Sabes que un hombre actuaría interviniendo, pero sólo un ser con claridad, con una mente ascendida, puede actuar cuando sea preciso, cuando se pida la ayuda necesaria. Sabes que una intervención a deshora puede conducir a que la persona tenga que volver a vivir esa experiencia.”

José se calmaba cuando hablaba con San Juan, su amigo. Y le decía: “Muchas gracias mi amigo, muchas gracias por acompañarme y muchas gracias por estar conmigo. Eres un hombre lleno de luz, de paz. Ojala pronto puedas mostrar tu luz a los demás.”
“Gracias a ti mi valeroso amigo José, tú eres el reino.”

Y así se despedían. Y José se quedaba siempre con ese sonido tan hermoso en su mente, pensando sobre esa frase tan esclarecedora: “tú eres el reino, tú eres el reino.”

José era un amante de los animales, de las plantas, de todos los seres vivos, era protector de la naturaleza y solía acompañar a todos en sus viajes por la vida.

Un día, justo cuando comienza esta historia, encontró a una persona fallecida en la falda de la montaña, justo en el camino que solía hacer a diario. La persona había fallecido de frente a la montaña, con los brazos estirados. Tenía un color amarillento y la piel muy sucia. No estaba nada bien. José rápidamente le dio la vuelta para verle la cara y entonces se dio cuenta que no era un hombre, sino una mujer. Y era una mujer muy bella, lo que su piel estaba muy sucia, sus ropas harapientas y su color amarillo denotaban que había estado con sufrimiento antes de morir. José no puedo aguantar las lágrimas al verla pues reflejaba una vida llena de dolor y angustia.  Lloró y lloró ante ella hasta que una lágrima de él cayó sobre el cuerpo de la joven. Enseguida se dio cuenta que no tenía que haber ocurrido tal calamidad pues sus lagrimas eran curativas y podría haber cambiado el curso del tiempo y de la humanidad sanando a alguien que no tenía que sanar. Enseguida pensó que no tendría por qué ocurrir nada pues él lloró al amanecer, pero tenía pinta de estar fallecida esa joven desde la noche anterior. Pero el milagro no se hizo esperar.

La lágrima avivó el corazón de la joven casi al instante y ella regresó a la vida. Sus ojos se abrieron como espátulas y empezó a toser expulsando un gas interno, era la señal de que había vuelto de entre los muertos. José no recordaba apenas ese olor tan fétido pues no se rescataba a alguien de entre los muertos desde hacía por lo menos 1000 años, cuando su hijo aún estaba vivo y hacía locuras milagrosas por la Tierra. Entonces gritó José:
 “¡No puede ser, si estabas muerta hacía un instante!”

Lo dijo para que ella no notase que él la había sanado y la había traído de entre los muertos. No quedó nada creíble, la mujer le miraba con un gesto muy raro, un gesto de interrogante, un gesto de ¿dónde estoy, quien eres tú, porqué me has rescatado de la muerte, qué ha ocurrido?

Y él la miraba con una medio sonrisa como esperando que ella dijese, “¡qué bien sigo viva!”.

Pero eso no ocurría, así que José, con ese maravilloso don que tenía para hacerse entender entre las personas le explicó a la joven quién era él y lo que había ocurrido. La joven no sabía qué pensar, sabía que había muerto, lo recordaba, recordaba un túnel de luz, recordaba haber estado con su padre y su madre que ya murieron hacia tiempo, recordaba haberse despedido de un lugar en el que solía trabajar. Recordaba separarse de sí misma, ¡recordaba que había muerto! ¿Qué hacía allí? ¿Qué había ocurrido? ¿Y por qué había regresado?

Entonces le pregunto a José: “Entiendo que me hayas traído a la vida, ¿pero por qué? ¿Qué debo hacer ahora, mi Maestro?”

José la miró estupefacto, él no había hecho nada a propósito, no comprendía por qué ahora tenía que continuar con aquello ni mucho menos lo que hacer con esa mujer, según el cielo ella debía de estar muerta, su vida ya acabó el día anterior.

Se lo intentó explicar pero ella parecía no entender.

Después de mucho tiempo le pidió algo para comer, y José, con todas sus buenas maneras, fue a un caserón que había cerca y pidió un poco de pan y un poco de boniato para la joven. Ella comió y le contó a José que nunca había estado tan bien como cuando estuvo muerta, le contó cómo había sido el túnel y la familia junto a ella, le contó qué sentía cuando había fallecido, sentía que algo maravilloso iba a ocurrir. Pero José estaba desanimado, estaba pidiendo ayuda a sus guías, a sus amigos de luz, pero ellos no paraban de reír y no podían contestarle. Al final uno le dijo: “¡No la mates de nuevo!”, riéndose de las pocas soluciones que tenía lo que había ocurrido.

Entonces José se dio cuenta que la joven tendría que vivir con él y le preguntó su nombre. A lo que ella contestó:

– Me llamo María de las Mercedes, mi madre me puso este nombre por la madre María y por la hermana Mercedes. Soy nacida en día santo y por ello llevo nombre de luz.

José no pudo contener las lágrimas, el nombre de María, ¡su fallecida esposa! Qué nombre más hermoso era aquél y qué de hermosos recuerdos le traía.

– Amada mía, – le dijo – yo te cuidaré y te ayudaré en lo que necesites desde este momento, ven conmigo a mi guarida y podré darte ropa nueva, podré asearte y podré ayudarte en tu camino.erks.jpg

– Gracias amigo. Pero dígame –le preguntó la joven– ¿cómo se llama usted?

– Yo me llamo José, mi amada María, igual que José el esposo de María. También igual que él.

– ¡Ooh qué nombre tan hermoso!, ¿y usted también nació en un día santo y fue bendecido al nacer?

Entonces José miró su inocencia y quedó prendido de la humanidad que desprendía, 

– Claro que sí, mi amada, claro que sí. –La cogió del brazo y la ayudó a levantarse. 

Entonces la llevó a escondidas sin que nadie les viese dentro de la cueva, pasaron por la guarida y la metió dentro de una pequeña grieta que había en la montaña. Dentro se abrían las puertas a un lugar bajo el nivel del mar. Un lugar santo donde viven seres de luz durante más de 1000 años.

– Mi amada, esta será tu nueva casa. Aquí habrá quienes te cuiden y te ayuden en tu crecimiento durante lo que Dios te permita continuar viviendo.

Ella no podía creerlo, se sentía tan bien recogida. Enseguida vio acercarse a personas que rápidamente la venían a limpiar, se dio cuenta que traían sábanas para taparla, trapos para limpiarla y liberarla de su suciedad de la vida. A José también le ayudaron pues se había manchado mucho, y es que, en aquel lugar, no podía entrar suciedad del exterior.

– Gracias José, te estaré eternamente agradecida.

Así acabó esta historia. José ayudó a la joven y la revivió. Y colorín colorado, este cuento ha terminado.

Pero entonces algunos, mis amados, sabréis que los cuentos no terminan así, y claro que no. Este no es un final para un cuento de luz. Existe una segunda parte, una parte tan valiosa o más que la primera que ha de ser contada un segundo día. Y os esperamos aquí, para el día que estéis preparados para recibirla.

Gracias Altaïr por este mensaje de luz y gracias a vosotros, mis hermanos por estar aquí presentes y escuchar este cuento mágico.

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